viernes, 22 de enero de 2010

La verdad, a la intemperie

Editorial publicado en el Diario español de la República Constitucional

Los sofistas se encargaron de introducir en la historia de las ideas que la verdad es lo útil a uno, que es como decir que no existen verdades objetivas de validez universal. Y Comte, en su “Discurso sobre el espíritu positivo” sostiene que la técnica señala el camino a la ciencia y no al revés, sugiriendo que la utilidad práctica ha de anteponerse a la búsqueda científica (proceso siempre abierto) de la verdad o de la solución.

La verdad factual conforma el pensamiento político tal como la verdad de razón configura la especulación filosófica. Cuanto se ha dicho acerca de la verdad matemática, “Euclides es un verdadero déspota, y las verdades geométricas que nos trasmitió son leyes verdaderamente despóticas”, “ni siquiera Dios puede lograr que dos más dos no hagan cuatro”, refleja la fuerza irresistible de la verdad. Por eso, los tiranos odian la competencia de semejante coacción y los regímenes que se basan en el consenso la desprecian. Los hechos están más allá de los acuerdos y enjuagues de los oligarcas, y todo lo que se diga sobre ellos no servirá para establecerlos.

De las religiones, cosmovisiones, y viejos sistemas de ideas que nos daban respuestas irrefutables y definitivas para todos los problemas de nuestra existencia hemos pasado a la arbitrariedad intelectual y a la fluidez de la “sociedad líquida”. El horizonte hipersubjetivo creado por el débil pensamiento de la posmodernidad nos ha hecho fijar la mirada en el relativismo absoluto, tras desviarla del dogmatismo. Es decir, de creerlo todo, a no creer en nada.

Lo que es verdad o mentira lo deciden el mercado, la moda (cuyos dictados seguimos como simios), los eslóganes publicitarios, la máquina de guerra mediática, las “consultas” electorales, los sondeos demoscópicos, y los partidos estatales, que han oficiado la destrucción del lenguaje que deseaban los surrealistas, pero no a través de la incoherencia ni del automatismo, sino mediante la consigna. La doxa triunfante, de una fidelidad perruna a los intereses creados del establecimiento, encubre o disimula la deformación de la verdad, manoseando sus fetiches preferidos: la pluralidad, la soberanía popular, la tolerancia, el avance. No es difícil imaginar el destino de las verdades de hecho cuando un Poder no sometido al férreo control de las instituciones democráticas, tiene la última palabra sobre aquéllas.

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